Mariela había hurgado en la
cómoda de Esperanza por si encontraba alguna ropa adecuada para el
funesto evento. Llevaba tres años sin cubrirse de negro, desde que se
desvistió el luto por la muerte de Juan, su hermano pequeño.
La vecina Esperanza no tenía vestuario negro en el armario, ni velos
de viuda, ni calcetines oscuros. Mariela debió vaticinar que guardaría
luto otra vez cuando Amador le dijo -dentro de seis días voy a morir –y
al sexto le cayó un rayo desde un trozo de cielo raso.
El día del entierro estaba nublado y caía una ligera e intermitente
llovizna, de esas que hacían dudar si llevar paraguas. La viuda recibió
los pésames de los familiares y vecinos vestida de rosa, pero llevaba
un sombrero negro que le ofreció la vecina Encarna. Los zapatos también
eran negros.
Fueron felices. Amador era simple pero galán. Y Mariela no sabía decir que no.
-¿Quieres casarte conmigo?
-Sí.
-¿Nos mudamos al pueblo?
-Sí.
-¿Te gustan las croquetas de mi madre? ¿Y el jarrón que nos regaló?
-Sí –Mentira.
-Hagamos el amor.
-Sí.
-¿Nos mudamos al pueblo?
-Sí.
-¿Te gustan las croquetas de mi madre? ¿Y el jarrón que nos regaló?
-Sí –Mentira.
-Hagamos el amor.
Y Mariela cogía la postura. Se tumbaba bocabajo, respingaba el culo y
elevaba la pelvis. De las embestidas de Amador se gestó a Gonzalo y a
Mariela, la chica. Gonzalo era el cuerdo, el mayor, el de la carrera de
derecho y sus colegas abogados, todos gilipollas. Mariela, la chica,
se tiñó el pelo de azul a los quince años, a los dieciséis y a los
dieciocho. A los veinte se lo cortó, se quedó morena y montó una
peluquería.
Fue un matrimonio feliz, con sus niños, su casa, sus cenas fuera los domingos, sus amistades vecinales, su cama de níquel matrimonial, su crucifijo en el cuarto, sus cocidos de lunes y sus boquerones de martes.
Y ahora Amador estaba muerto, morado y con traje. Allá donde lo
recibieran se iba a presentar con un traje blanco, porque él odiaba el
negro. Hay que joderse. Qué tiquismiquis era pa los colores el cabrón.
–Hola San Pedro, me llamo Amador y fui un hombre bueno.
El cura era miope y tenía las gafas toscas. Cansaba. Los curas
aburren con tanta parafernalia y tanta hostia. –Venga, coño, al
cementerio –pensaba la viuda. Y recordaba los inicios del romance y la
primera charla. Él le preguntó cuál era su color favorito y ella contestó el pollo frito. La seducción sigue siempre el mismo patrón. Primero son los colores,
luego vienen las comidas y los libros y, si se alarga, las
películas, la música, las flores, los pintores, los juegos de infancia,
la política, si cree o no en Dios, las estaciones del año, los pares o
impares, las pollas en vinagre. Y si se supera el control de afinidad: el café, la cena, el
almuerzo, el noséquéponerme, la cena otra vez, el vino, más vino, los
bares, el taxi, la cama, el casamiento, los niños, la posibilidad de
divorcio y la jubilación. Y a tomar por culo. A Mariela le daban igual los colores. Era alto y tenía las manos grandes. Ya está. Y se casaron y tuvieron a los niños y a Amador le cayó un rayo. Y a tomar por culo.
Mariela, la chica, mascaba chicle con pena en el banquito de madera.
Gonzalo no fue al entierro de su padre por compromisos legales. Y
Mariela, la viuda, iba de rosa y lloraba desconsolada –Venga, coño, al
cementerio- A la vuelta diluviaba –Joder, debí coger el paraguas- Se acostó sola y chorreando en la cama de níquel, esta vez bocarriba.
–Ay, Amador. Ay, Amador– Y al poco llegó la Encarna con una tortilla
de patatas, de cinco huevos y la Esperanza con chocolate caliente.
Tortilla y chocolate, manda cojones.
-Ay, qué bueno era Amador –Lloraba Mariela.
-Tenía sus cosas –dijo Encarna.
-Pero era bueno.
-Se acostó conmigo hace dos años, un par de veces –dijo Esperanza.
-Sí, pero era muy bueno.
-Tenía sus cosas –dijo Encarna.
-Pero era bueno.
-Se acostó conmigo hace dos años, un par de veces –dijo Esperanza.
-Sí, pero era muy bueno.
-Y conmigo también –ahora la Encarna.
La viuda se quedó muda y se le llenaron los ojos de cólera. Los ojos, el estómago, el pecho, las tripas, las plantas de los pies y las manos.
-Pero era un hombre bueno –Asintieron las vecinas.
La viuda se quedó muda y se le llenaron los ojos de cólera. Los ojos, el estómago, el pecho, las tripas, las plantas de los pies y las manos.
-Pero era un hombre bueno –Asintieron las vecinas.
Y Mariela las arrastró hasta la puerta de los pelos. –Ay, ay, ay –Y
del portazo se cayeron las fotografías de la entradita, las de la boda,
las de los bautizos, las de las comuniones y las del viaje de novios en Tenerife.
-Qué hijoputa –dijo ahora.
-Qué hijoputa –dijo ahora.
Amador estaba tras la verja –Hola San Pedro, me llamo Amador y fui un
hombre bueno– Y el santo leyó el currículum del
muerto: el candidato había nacido un dos de febrero hace cincuenta y siete años. Hijo único. Era carpintero y vivía en
un pueblo. A los veinte lo fichó una empresa de sofás de la capital. El
mismo día que llegó a la ciudad conoció a Mariela. Con Mariela se casó
dos años después. Y a los diez meses nació un varón. Lo bautizaron.
Tres años después nació la niña y la bautizaron también, dos días
después del bautizo fueron al entierro del abuelo Mateo. Ahora Amador
se quedó con el taller de carpintería de su padre y la familia se
instaló en el pueblo. La abuela Francisca se fue a vivir con ellos y
preparó los desayunos hasta que un infarto la dejó en la cama de madera
de cedro una noche de feria. Los niños hicieron la comunión. Amador
solo fumaba en las bodas, un par de puros para celebrar y solo bebía
tres copas de vino a la semana, una los domingos por la noche y dos los
sábados al mediodía. No fue un hombre de apuntameloenlacuenta, no dejó
trampas. Le fue infiel a su mujer. Sus amigos de infancia y sus compañeros de trabajo fueron al entierro. Lápida de granito negro. Recuerdo de tu
esposa e hijos.
Mariela llamó a Gonzalo y comunicaba. Llamó a Mariela, la chica -Tu padre me puso los cuernos- Y se llevó un “anda, anda, mamá. Papá fue un hombre bueno”. Pensó en prenderle fuego a la casa de la Encarna y en envenenar a la Esperanza. No, mentira, pensó en despellejarlas. Hala, a la mierda treinta y cinco años de matrimonio.
Mariela llamó a Gonzalo y comunicaba. Llamó a Mariela, la chica -Tu padre me puso los cuernos- Y se llevó un “anda, anda, mamá. Papá fue un hombre bueno”. Pensó en prenderle fuego a la casa de la Encarna y en envenenar a la Esperanza. No, mentira, pensó en despellejarlas. Hala, a la mierda treinta y cinco años de matrimonio.
-No -dijo ella abajo.
'Pollo frito', The New Raemon.
Dime cuál fue el origen del problema