viernes, 9 de abril de 2021

Alejandro Martín


Elisa tenía el pelo revuelto, ojeras y el cuerpo cansado mientras buscaba el libro entre las cajas de la mudanza, entre las dieciocho cajas que marcaban <<libros>> con rotulador verde. Letreros bien grandes para que no se confundieran con las otras cajas de cerámicas escritas en rojo y de cuadros en negro. Quería sacar el libro para tirarlo a la basura porque se lo había regalado Alejandro Martín que además lo había dedicado en la primera página así <<perrita, te quiero>>. Perrita tu puta madre pensó Elisa ahora. Y murmuraba San Cucufato, San Cucufato, los huevos te ato y ya no recordaba más nada y decía también pues a ver chica dónde coño has puesto el puto libro de ese mierda. Seguro que Alejandro Martín le había mandado un mal de ojo bien gordo para que no encontrara el libro y le doliera la barriga hasta vomitar y perder diez kilos así de golpe porque de verdad le dolía la tripa y tenía ganas de vomitar.

Hacía calor y al día siguiente se mudaba a un lugar más fresco, a una casa en zona de umbría que seguro en invierno se llenaba de humedades. Pero estaría ahora lejos y se sentiría más libre para ir con otros Alejandros Martín pero más guapos, más altos y más fuertes y con conversaciones más profundas y menos ligeras que las de ese carcamal. Valiente asqueroso. Todo el piso le recordaba a él. El barrio entero. Había que salir de allí.

¿Por qué tuvo que meter el libro en la caja si sabía que acabaría en la basura, a ver? Si ni siquiera lo leyó hace dos años cuando no había problemas y se querían, ¡oh! Se querían de verdad y hasta pensaron en tener hijos y luego casarse en una ceremonia íntima con no más de diez invitados, allegadísimos, claro, todo el grupo boquiabierto mirando a Elisa entrar vestida de un blanco impoluto, tan blanco como la fachada blanca de un cortijo en agosto al mediodía, deslumbrante, mientras sonaba White Rabbit de Jefferson Airplane, que funciona mejor para desnudarse que para casarse, es cierto, ¿cómo era? And if you go chasing rabbits/ And you know you’re going to fall. Y el ramo sería de flores secas. Y estarían en el campo, no sabía en cuál pero habría amapolas. Elisa no imaginaba a Alejandro Martín en esa circunstancia, ni cómo iría vestido, ni qué colonia usaría, ni esas cosas que las novias y los novios deben pensar de la otra parte contratante. Ay no, ella solo imaginaba el blanco, el verde del campo y los rojos de las amapolas y ya está, ¿qué más daba lo demás? ¿qué más daba si se casaba con Alejandro Martín o con otro Alejandro Martín que no fuese Alejandro Martín? ¿eh? Si total, de la cantidad de vino que tomaría no se iba a acordar de nada al día siguiente. Alejandro Martín es veinte años mayor que Elisa y la llamaba <<perrita>>. Elisa llamaba Alejandro Martín a Alejandro Martín. De verdad que se quisieron.

Vació todas las cajas de libros y los puso uno al lado del otro sobre el suelo de madera formando filas en horizontal. Todo el suelo de todo el piso cubierto de filas de libros. Bien, entonces anduvo despacio repasando los colores de las cubiertas y los títulos. Y nada. Pensó que el suelo de madera era muy bonito y que lo iba a echar de menos, pensó igual ya he tirado el libro y estoy buscando como una gilipollas para nada, ay no creo, me acordaría, a ver, concéntrate Elisa. Y nada otra vez. Los libros de vuelta a las cajas pero ahora colocados con más rabia, ya se odiará por esto cuando los saque rozados y con las esquinas dobladas en la casa nueva, fría de cojones. Entonces fue derechita al váter y vomitó: me cago en tus muertos Alejandro Martín.

Hace tres años se conocieron y los dos eran perfectos. El primer día se contaron un montón de mentiras, bueno, claro, era el principio del cortejo, ¿no? Los días siguientes las mentiras empezaron a menguar y ni uno ni otra eran ya tan encantadores, ni tan inteligentes, ni tan nada así destacable entre el resto de la gente. Vaya que Elisa y Alejandro Martín eran personas normales con los problemas de todo el mundo. Pero se habían metido en una relación después de haberse metido en la cama una noche. Y, pues bueno, tenían que aprender a ser novios, a quererse y pensar en el futuro. Y fueron novios durante tres años que es el tiempo en el que las cosas pierden el brillo primero y luego da igual que frotes intentando sacar el dorado, la plata o el cobre. Así que apenas hablaban, igual veían la tele, salían a cenar pero sin hablar porque ya no tenían que engañarse. Llega un día, casi siempre a los tres años, que las parejas no son sino que están y ya. Ya está. Y ella se decidió y una madrugada despertó a Alejandro Martín y sentenció: tú no me quieres, Alejandro Martín, así que mañana mismito te coges las cosas y te vas, ya venderemos el piso, ninguno se va a quedar aquí. Y así se hizo dos semanas antes de empaquetar todas las cosas y de vomitar y de no encontrar el puto libro.

Elisa estaba exhausta de abrir y cerrar cajas. Fue a la cocina a por un vaso grande de agua y preparó pasta a la carbonara de esa instantánea, qué asco. Al volver al salón alzó la vista y el libro estaba encima de la tele. Lo abrió: <<perrita, te quiero>>. Lloró muy fuerte, así como un bebé enfermo, tan desconsolada y sin saber por qué. En la calle maullaba un gato y Elisa se sintió ahora abandonada. Sabía que, además del suelo de madera, echaría de menos a Alejandro Martín hundido en el sofá, sin hablarle, vale, pero con sus ojos puestos en ella, con la mirada tierna y tranquila de quien no tiene nada que decir.

Tres barrios al sur, Alejandro Martín veía la tele sentado en un sofá vencido de tantas tardes y tantas noches aguantando el peso, nervioso con el programa mientras acariciaba a una perra chiquita sin raza que había adoptado hacía dos semanas y a la que había llamado, claro está, Elisa.

Tiempo. Empieza por A: Acción y efecto de ausentarse o de estar ausente.

- ¡Ausencia! ¡Ausencia!