Hacía
calor y al día siguiente se mudaba a un lugar más fresco, a una casa en zona de
umbría que seguro en invierno se llenaba de humedades. Pero estaría ahora lejos
y se sentiría más libre para ir con otros Alejandros Martín pero más guapos,
más altos y más fuertes y con conversaciones más profundas y menos ligeras que
las de ese carcamal. Valiente asqueroso. Todo el piso le recordaba a él. El
barrio entero. Había que salir de allí.
¿Por
qué tuvo que meter el libro en la caja si sabía que acabaría en la basura, a
ver? Si ni siquiera lo leyó hace dos años cuando no había problemas y se querían,
¡oh! Se querían de verdad y hasta pensaron en tener hijos y luego casarse en
una ceremonia íntima con no más de diez invitados, allegadísimos, claro, todo
el grupo boquiabierto mirando a Elisa entrar vestida de un blanco impoluto, tan
blanco como la fachada blanca de un cortijo en agosto al mediodía,
deslumbrante, mientras sonaba White Rabbit de Jefferson Airplane, que
funciona mejor para desnudarse que para casarse, es cierto, ¿cómo era? And
if you go chasing rabbits/ And you know you’re going to fall. Y el
ramo sería de flores secas. Y estarían en el campo, no sabía en cuál pero
habría amapolas. Elisa no imaginaba a Alejandro Martín en esa circunstancia, ni
cómo iría vestido, ni qué colonia usaría, ni esas cosas que las novias y los
novios deben pensar de la otra parte contratante. Ay no, ella solo imaginaba el
blanco, el verde del campo y los rojos de las amapolas y ya está, ¿qué más daba
lo demás? ¿qué más daba si se casaba con Alejandro Martín o con otro Alejandro
Martín que no fuese Alejandro Martín? ¿eh? Si total, de la cantidad de vino que
tomaría no se iba a acordar de nada al día siguiente. Alejandro Martín es
veinte años mayor que Elisa y la llamaba <<perrita>>. Elisa llamaba
Alejandro Martín a Alejandro Martín. De verdad que se quisieron.
Vació
todas las cajas de libros y los puso uno al lado del otro sobre el suelo de
madera formando filas en horizontal. Todo el suelo de todo el piso cubierto de
filas de libros. Bien, entonces anduvo despacio repasando los colores de las
cubiertas y los títulos. Y nada. Pensó que el suelo de madera era muy bonito y
que lo iba a echar de menos, pensó igual ya he tirado el libro y estoy buscando
como una gilipollas para nada, ay no creo, me acordaría, a ver, concéntrate
Elisa. Y nada otra vez. Los libros de vuelta a las cajas pero ahora colocados
con más rabia, ya se odiará por esto cuando los saque rozados y con las
esquinas dobladas en la casa nueva, fría de cojones. Entonces fue derechita al
váter y vomitó: me cago en tus muertos Alejandro Martín.
Hace
tres años se conocieron y los dos eran perfectos. El primer día se contaron un
montón de mentiras, bueno, claro, era el principio del cortejo, ¿no? Los días siguientes
las mentiras empezaron a menguar y ni uno ni otra eran ya tan encantadores, ni
tan inteligentes, ni tan nada así destacable entre el resto de la gente. Vaya que
Elisa y Alejandro Martín eran personas normales con los problemas de todo el
mundo. Pero se habían metido en una relación después de haberse metido en la
cama una noche. Y, pues bueno, tenían que aprender a ser novios, a quererse y
pensar en el futuro. Y fueron novios durante tres años que es el tiempo en el
que las cosas pierden el brillo primero y luego da igual que frotes intentando
sacar el dorado, la plata o el cobre. Así que apenas hablaban, igual veían la
tele, salían a cenar pero sin hablar porque ya no tenían que engañarse. Llega un
día, casi siempre a los tres años, que las parejas no son sino que están y ya.
Ya está. Y ella se decidió y una madrugada despertó a Alejandro Martín y
sentenció: tú no me quieres, Alejandro Martín, así que mañana mismito te coges
las cosas y te vas, ya venderemos el piso, ninguno se va a quedar aquí. Y así
se hizo dos semanas antes de empaquetar todas las cosas y de vomitar y de no
encontrar el puto libro.
Elisa
estaba exhausta de abrir y cerrar cajas. Fue a la cocina a por un vaso grande
de agua y preparó pasta a la carbonara de esa instantánea, qué asco. Al volver
al salón alzó la vista y el libro estaba encima de la tele. Lo abrió:
<<perrita, te quiero>>. Lloró muy fuerte, así como un bebé enfermo,
tan desconsolada y sin saber por qué. En la calle maullaba un gato y Elisa se
sintió ahora abandonada. Sabía que, además del suelo de madera, echaría de menos
a Alejandro Martín hundido en el sofá, sin hablarle, vale, pero con sus ojos
puestos en ella, con la mirada tierna y tranquila de quien no tiene nada que
decir.
Tres
barrios al sur, Alejandro Martín veía la tele sentado en un sofá vencido de
tantas tardes y tantas noches aguantando el peso, nervioso con el programa
mientras acariciaba a una perra chiquita sin raza que había adoptado hacía dos semanas
y a la que había llamado, claro está, Elisa.
Tiempo.
Empieza por A: Acción y efecto de ausentarse o de estar ausente.
- ¡Ausencia!
¡Ausencia!
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